jueves, 18 de junio de 2015

Presentes y Vivos

 Un cuento para una trabajo de la escuela:


Era uno de esos días en que no pasa nada de especial así que, para variar, me fui a pasear por el centro. Era un barrio muy lindo, lleno de edificios antiguos y gente caminando apurada. Y en ese apuro creo que no se daban cuenta de lo que hacían, de dónde estaban, de que yo los miraba. Algunos escuchaban música, otros hablaban por teléfono, pero nadie parecía estar presente.
Caminé casi una hora y ya eran las siete de la tarde, horario en el que el centro se colapsaba de gente volviendo del trabajo. En un momento se juntó demasiada gente en el lugar en dónde estaba, me sentía apretado e incómodo, así que entré al lugar más cercano que encontré. Suspiré, exhausto por la caminata y por casi asfixiarme en la multitud, y miré a mi alrededor. Estaba en una vieja confitería. Con un viejo señor poniendo chocolates en un estante. El lugar era oscuro y tenía olor a polvo. El señor se dio cuenta de mi presencia y me miró, con mirada muerta al igual que todos. Le sonreí y cuando me di vuelta... me vi. Era yo, por un momento pensé que era un espejo, pero no, era muy real, más real que cualquiera de las personas que me había cruzado, tenía la mirada viva y presente, era real, sin duda. Entonces caí al suelo. Lo último que pude escuchar fue al señor diciendo con voz calma y confundida: “No sabía que tenía un espejo”.
Me desperté en un hospital con mi esposa al lado mío.
-Hola querido- me dijo con su voz dulce.- ¿Qué te pasó?
Entonces recordé esos ojos verdes, que eran míos, las palabras del viejo, confundido, ya que estoy seguro de que no era un espejo.
-Me bajó la presión- no le conté la verdad, ya que había tomado la decisión de olvidar este hecho, y ella podría molestar en el proceso.
-El dueño del lugar te dejó esta bolsa- al decirlo me pasó una bolsa de papel madera llena de golosinas con una etiqueta que decía: “No mires espejos, Carlos Mesonil.”

Después de dos años de lo ocurrido, ya casi lo había olvidado, pero a veces, cuando me miraba en un espejo, me asustaba. Me van a decir que soy tonto por asustarme con eso, pero no lo entenderían, nadie lo entiende. Estaba totalmente obsesionado, aunque lo quería olvidar.
Había conseguido un trabajo en una inmobiliaria y vivía muy bien repartiendo los gastos con mi esposa. Un día me llegó un pedido para vender un lugar. Era en el centro. Si, la confitería, pero no era de parte de Carlos, si no de un tal Roberto. Intenté pedirle a mi jefe que vaya otra persona pero no lo logré. Así que llamé a Roberto, que me contó que Carlos ya no trabajaba ahí y quedamos que al medio día del día siguiente iba a ver el estado del lugar para poder venderlo.

Toqué el timbre unas tres veces, estremeciéndome en cada una de ellas. Seguramente me hubiera ido y listo el tema, pero no, mi mano abrió la puerta y mis piernas entraron. Y ahí estaba, el espejo. Viejo, como todo lo que estaba en el lugar. Y me vi, vi mis ojos presentes y vivos. Me desmayé. Al despertar, estaba adentro... ¡Estaba adentro del espejo viéndome a mí mismo!

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