Un cuento para una trabajo de la escuela:
Era
uno de esos días en que no pasa nada de especial así que, para
variar, me fui a pasear por el centro. Era un barrio muy lindo, lleno
de edificios antiguos y gente caminando apurada. Y en ese apuro creo
que no se daban cuenta de lo que hacían, de dónde estaban, de que yo los miraba. Algunos
escuchaban música, otros hablaban por teléfono, pero nadie parecía
estar presente.
Caminé casi una hora y ya eran las
siete de la tarde, horario en el que el centro se colapsaba de gente
volviendo del trabajo. En un momento se juntó demasiada gente en el
lugar en dónde estaba, me sentía apretado e incómodo, así que
entré al lugar más cercano que encontré. Suspiré,
exhausto por la caminata y por casi asfixiarme en la multitud, y miré
a mi alrededor. Estaba en una vieja confitería. Con un viejo señor
poniendo chocolates en un estante. El lugar era oscuro y tenía olor
a polvo. El señor se dio cuenta de mi presencia y me miró, con
mirada muerta al igual que todos. Le sonreí y cuando me di vuelta...
me vi. Era yo, por un momento pensé que era un espejo, pero no, era
muy real, más real que cualquiera de las personas que me había
cruzado, tenía la mirada viva y presente, era real, sin duda.
Entonces caí al suelo. Lo último que pude escuchar fue al señor
diciendo con voz calma y confundida: “No sabía que tenía un
espejo”.
Me desperté en un hospital con mi esposa al lado mío.
-Hola querido- me dijo con su voz dulce.- ¿Qué te pasó?
Entonces recordé esos ojos verdes,
que eran míos, las palabras del viejo, confundido, ya que estoy
seguro de que
no era un espejo.
-Me
bajó la presión- no le conté la verdad, ya que había tomado la
decisión de olvidar este hecho, y ella podría molestar en el
proceso.
-El dueño del lugar te dejó esta bolsa- al decirlo me pasó una
bolsa de papel madera llena de golosinas con una etiqueta que decía:
“No mires espejos, Carlos Mesonil.”
Después de dos años de lo
ocurrido, ya casi lo había olvidado, pero a veces, cuando me
miraba en un
espejo, me asustaba. Me van a decir que soy tonto por asustarme con
eso, pero no lo entenderían, nadie lo entiende. Estaba
totalmente obsesionado, aunque lo quería olvidar.
Había conseguido un trabajo en una
inmobiliaria y vivía muy bien repartiendo los gastos con mi esposa.
Un día me llegó un pedido para vender un lugar. Era en el centro.
Si, la confitería, pero no
era de parte de Carlos, si no de un tal Roberto. Intenté pedirle a
mi jefe que vaya otra persona pero no lo logré. Así que llamé a
Roberto, que me contó que Carlos ya no trabajaba ahí y quedamos que
al medio día del día siguiente iba a ver el estado del lugar para
poder venderlo.
Toqué el timbre unas tres veces,
estremeciéndome en cada una de ellas. Seguramente me hubiera ido y
listo el tema, pero no, mi mano abrió la puerta y mis
piernas entraron. Y ahí estaba, el espejo. Viejo, como todo lo que
estaba en el lugar. Y me vi, vi mis ojos presentes y vivos. Me
desmayé. Al despertar, estaba adentro... ¡Estaba adentro del espejo
viéndome a mí mismo!
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