A
mi mamá, Helena, la conocía muy bien. Podría dar cada detalle de
su personalidad y de su apariencia física; o
por lo menos eso es lo que pensaba. Era de baja estatura, con
cabellos rojizos y piel muy blanca. Tenía un carácter muy fuerte, y
una obsesión por la organización. Todo, pero absolutamente todo
lo que había en la casa tenía algún lugar que, claro está, ella
había propuesto. Las ropas en el armario, ordenadas por color y por
estación; los perfumes de olor más dulce a más amargo; los libros,
todos ordenados por tema y en orden alfabético; y así sigue la
lista. Y si llegabas a sacar algo del lugar y ponerlo en otro, te
tenías que aguantar el peor reproche de todos. Pero, a pesar de todo
eso, era una buena persona; o por lo menos eso es lo que pensaba.
Todos tenemos nuestras manías ¿cierto?
Mi
familia sufrió algunas muertes. Mi hermana mayor había muerto
cuando yo todavía era un bebé, y mi abuela cuando yo era una niña
de unos cuatro años. Las dos murieron por accidentes
automovilísticos, pero no sé los detalles. Cuando se lo pregunto a
mi papá, me dice que se lo pregunte a mamá. Y cuando se lo pregunto
a ella, casi no me responde y trata de irse a otro tema. Tampoco sé
cómo eran. Vi algunas fotos, pero no mucho más que eso. Para mí
era importante saber como eran, así que insistí mucho para que me
cuenten lo poco que sé. Sé que mi hermana era muy enérgica, tenía
la misma edad que tengo yo ahora cuando murió, quince años. También
sé que se peleaban mucho, y que era bastante desorganizada.
Y, por lo que me contaron, creo que no se llevaban muy bien con mi
abuela, aunque vivían con
ella. Como ven, lo que sé es
poco y nada;o por lo menos eso es lo que pensaba.
Era
un día cualquiera y yo volvía del colegio.
Hacía unos días que mamá parecía estar menos paciente y su manía
iba aumentando. Entré a mi
casa y estaba mi padre cocinando. Fui al cuarto, dejo la mochila en
el “lugar de las mochilas” y la campera en el “lugar de las
camperas”. Noté que mi mamá no llegó, y eso era raro, ya que
siempre yo llegaba una hora después que ella. Le
pregunté a papá si sabía algo pero me dijo que no, aunque no fue
con ese tono tranquilo que siempre tenía. Agarré mi celular y me
senté en el sillón. Vi que tenía dos llamadas perdidas de Helena.
“Mierda, me va a matar cuando vuelva” pensé,
ya que todos sabemos que tener más de una llamada perdida de
nuestros padres es sinónimo de muerte. Después de unos minutos me
llegó un mensaje de ella:
“Hola mi amor, ¿por qué no me atendiste? ¿Cómo
está tu padre? ¿Sigue desordenando?” 12:47.
“Hola
mami, perdón, no escuché el celular. ¿A qué te referís con que
sigue desordenando? Para mí está todo normal.” 12:48
“No
importa corazón. Yo no voy a ir a comer ahí, una amiga me invitó a
su casa, buen provecho.” 12:48
Después
de esos raros mensajes, la comida estaba lista. Le dije a papá que
mamá no venía y le mostré
los mensajes. Él hizo de cuenta como si fuera todo normal, pero
estaba claro que algo le parecía raro, y
a mí también, a demás que algo de esa situación me parecía
familiar.
No
volví a hablar del tema. Al rededor de las cinco de la tarde Helena
volvió con una bolsa de compras. Cerró la puerta y sus ojos fueron
directamente al sillón, dónde había una remera de papá. Dirigió
la mirada a mi padre. El clima se volvió muy tenso, y notaba el odio
en sus ojos. Respiró hondo y sacó la remera del sillón. La tiró
al piso violentamente y se sentó. Mi padre, como una estatua
viviente, agarró la remera y se fue a su cuarto, lentamente. Yo
sentí como si fuera un dèjá
vú. Y,
como siempre me quede callada unos segundos, hasta levantarme e irme
a bañar. ¿Por qué sentía que esa situación ya había
ocurrido? ¿Qué
era esa sensación?
En
el medio de la ducha se cortó la luz, y vino mamá a traerme una
vela. No me dijo ni una sola palabra, y yo tampoco. Salí del baño y
vi las velas en los “lugares de las velas”. Papá se puso a
cocinar y mamá estaba mirándolo, desafiante. Simulé no haber visto
nada y me puse a leer. Después de un rato la comida estaba lista.
Mamá, como siempre, hizo la mesa. Estaba todo perfectamente en su
lugar, parecía hasta que había medido el espacio entre el plato y
los cubiertos. Nos sentamos y
empezamos a comer. Papá agarró un pan, lo mordió, y lo apoyó en
la mesa. Mamá dejó caer su tenedor y dijo:
-Poné el pan en tu individual.
Él hizo de cuenta que no la escuchó.
-Poné el pan en tu
individual- siguió ella, ahora con la vos más fuerte y pausando
entre cada palabra. Ese tono no lo había escuchado nunca;o por lo
menos eso es lo que pensaba. Él siguió sin hacer nada.- PONÉ EL
PAN EN TU
INDIVIDUAL.-Dijo gritando, y al ver que él siguió comiendo como si
nada, agarró el pan y se lo tiró en la cara. La mirada... si, esa
mirada antes de tirarle el pan... ¿por qué ya la conocía? ¿cuándo
ya la había visto?
Mi padre se levantó dejando el plato en la silla, el
pan en el piso y se sacó una pulsera y la puso al lado de una vela.
Sentía el odio de mi mamá. Me levanté y dejé el plato en la
cocina. ¿Qué estaba pasando? Ya me estaba empezando a dar miedo.
Pero pensé que tal vez fue un mal día y que mañana se
reconciliarían , así que decidí irme a dormir.
Fui a mi cuarto a oscuras a buscar mi pijama. Cuando
estaba por salir me crucé a mi mamá. Ella me abrazó, pero no fue
un abrazo común, no... ya lo había sentido pero... ¿de dónde? Le
dije que estaba todo bien y ella asintió con la cabeza.
-¿Que pasó antes de
que yo llegue
a casa?- le pregunté, pensando que tal vez se habían peleado o algo
por el estilo.
-Nada mi amor, nada.
Solo... me molesta que esté respirando.-
Mi cuerpo se estremeció. Esa frase, ese tono, esa mirada. Me dio un
beso de buenas noches. Y decidí cambiarme en el cuarto. Tenía
miedo, mucho miedo. Sentía que todo se esclarecía. Claro... ¿como
no lo había pensado antes?
Me fui a dormir, aunque sabía que esa noche... esa
noche iba a pasar otra vez. No pude dormir. En un momento vi que
volvió la luz. Un impulso hizo que vaya a ver si realmente estaba
pasando. Salí del cuarto. Fui hacia la cocina para tomar agua, pero
en el camino me topé con mi mamá que estaba leyendo, con una
sonrisa en la cara. Esa sonrisa... era la misma sonrisa de un niño
cuando va a ganar un regalo y lo está esperando. Traté de
ignorarla. Tomé agua y salí de la cocina. Vi que mi papá estaba
saliendo del cuarto. Mi mamá lo miró, con la misma sonrisa. Se
dirigió a la cocina y al cruzarse conmigo me ignoró por completo.
Volvió, con el mismo cuchillo de la otra vez en la mano. El mismo
que usó para matar a mi abuela, y seguramente a mi hermana también.
Me quedé helada. No podía moverme, no podía gritar, no pude hacer
nada.
-Mi amor, perdón.- dijo mi papá.
-Tarde, cariño, muy tarde.
Y sin más ni menos, le clavó el cuchillo en el
pecho.
-¿Ves, mi amor?-dijo
dirigiéndose a mí.- Este es el lugar del cuchillo.